Esto nos lo envía María, una de nuestras suscriptoras, para que lo compartamos con la comunidad. Gracias por confiar en nosotros, María.
Llevaba semanas pensando en él sin decírselo a nadie. Compañero de trabajo, nada más, o eso creía yo. Hasta que una noche, saliendo tarde de la oficina, nos quedamos solos en el ascensor.
No dijimos nada al principio. Solo nos miramos, esa clase de mirada que ya no necesita palabras. Cuando las puertas se cerraron, dio un paso hacia mí y me apoyó contra el espejo. Sentí su respiración antes que sus labios.
El beso fue lento al principio, casi tímido, como si los dos supiéramos que estábamos cruzando una línea. Pero duró poco esa calma. Sus manos empezaron a recorrerme por encima de la ropa, y las mías se aferraron a su camisa, tirando de él más cerca.
El ascensor se detuvo dos pisos antes del nuestro. Ninguno hizo nada por evitarlo.
Salimos corriendo, sin soltarnos, hasta la primera puerta que encontramos abierta: una sala de reuniones vacía, luces apagadas, solo la ciudad brillando al otro lado del cristal. Ahí, contra la mesa, se terminó de romper toda la contención que habíamos guardado durante meses. Se la chupé, me folló duro y acabó corriéndose en mi boca.
No sé si volverá a pasar. Pero esa noche entendí que algunos silencios dicen mucho más que cualquier palabra.
